El reality mediterráneo
junio 14th, 2026 by nikonovDesde 2010, ninguna flotilla ha entregado un solo gramo de ayuda en Gaza. Absolutamente nada, cero absoluto. No es una opinión ni una exageración, es el registro histórico de quince años de intercepciones, deportaciones y activistas volviendo a casa sanos y salvos. Israel intercepta, detiene, deporta. Los activistas vuelven. Gaza sigue igual.
La respuesta honesta, la que los hechos sugieren aunque los discursos nieguen, es que el objetivo real nunca ha sido Gaza, sino el video, el contenido. Es el momento en que la cámara registra tu detención y el mundo te ve como mártir por un día antes de deportarte en vuelo directo a Europa.
Pero esto no siempre fue así. Todo esto tiene un origen y una fecha de defunción específica.
En el 2008, 44 personas de 13 países se subieron a dos barcos de pesca y se metieron al bloqueo naval de Gaza por primera vez en 41 años. Sin figuras conocidas, sin equipo en tierra, sin redes sociales. Llegaron, descargaron y se fueron. Lo repitieron cuatro veces más y les resultó, básicamente porque Israel no los pilló en el radar. Hasta que se compraron uno nuevo. Acto seguido les chocaron un barco, amenazaron con hundir otro, secuestraron un tercero. El mensaje estaba más que claro.
Lo que nadie calculó fue el Mavi Marmara. En mayo de 2010, comandos israelíes bajaron en helicóptero sobre el barco más grande de la flotilla en aguas internacionales y mataron a diez turcos. Israel ganó y perdió sin darse cuenta, porque lo único que logró fue convertir el movimiento en un símbolo. Y los símbolos no necesitan llegar a ningún lado para hacer su trabajo. La conclusión que sacó el movimiento, aunque nunca lo dijeron así, fue que el martirio prende más que la ayuda humanitaria. Desde ese día el formato se fue realitizando solo: más barcos, más países, más caras conocidas, más producción, mismo final.
El ritual se fue afinando hasta que cada participante llegó con su rol cinematográfico bajo el brazo.
Aparecieron así varios personajes que le fueron dando forma al género. Greta Thunberg se subió al Madleen en 2025 y logró que toda la cobertura fuera sobre ella y no sobre Gaza. Thiago Avila, líder de una de las flotillas, estuvo publicando videos desde el Mediterráneo defendiéndose de acusaciones de acoso sexual mientras se autoproclamaba revolucionario perseguido. Ada Colau llegó con cara de resistencia y fue de las primeras en firmar su deportación para devolverse a Barcelona. Ana Alcalde, trabajadora social española, subió un video bailando en cubierta y cuando la criticaron respondió con otro quejándose de las condiciones del barco, cerrando el círculo más honesto de toda la operación.
Todo ese linaje de postureo desembocó, con una lógica impecable, en Víctor Chanfreau.
Chanfreau, exvocero de la ACES, nieto de detenidos desaparecidos, presunto estudiante de derecho, entendió perfectamente lo que tenía que hacer. Tan perfectamente que grabó su propio arresto antes de que ocurriera. Solemne, directo a la cámara, en 1080 píxeles. La narrativa estaba lista, editada y programada para publicarse sola. Solo faltaba que Israel hiciera su parte, que la hizo puntualmente el 18 de mayo.
Que un descendiente directo de víctimas de la dictadura haya llegado a esto dice algo sobre la distancia sideral entre lo que fue la resistencia real en Chile y lo que se llama «resistencia» hoy. Sus abuelos no hicieron videos pregrabados, porque en el Chile de los setenta esa opción no existía y de haberla tenido no habría servido de nada. Ellos no volvieron. Hoy, supuestamente, su nieto honra el legado de ambos.
En cuestión de horas el Partido Comunista emitió un comunicado exigiendo la liberación de Chanfreau y otros «activistas» como Carolina Eltit (expanelista de bodrios como SQP) y Claudio Caiozzi (un artifice posmo-barroco), sepultando así aquella enemistad que los rabanitos tenían con el primero. A su vez aparece la FECH, el Frente Amplio y toda la sopa de letras del progresismo chileno arriba de la tarima llorando por Chanfreau, con la misma velocidad y la misma energía que brilla por su ausencia cuando se trata de los mapuche presos en Lebu o de los temporeros esclavizados en el Valle de Copiapó, condiciones que ningún militante progre iría a documentar porque no quedan bien en Instagram. Lo mismo con la mujer que por el sueldo mínimo limpia las oficinas de alguno de estos partidos de madrugada.
Esas causas están ahí, a dos cuadras, sin necesidad de embarcarse al Mediterráneo. Pero no tienen épica, no tienen antagonista fotogénico y no permiten posar de mártir internacional.
Y es que hay que decirlo con todas sus letras: subirse a la flotilla es un privilegio de clase.
El pasaje, la logística, el tiempo libre, la red de contactos para llegar a la organización, la certeza tácita de que cuando te detengan tu gobierno negocia tu deportación y no tu desaparición, todo eso tiene un costo que no paga cualquiera. Quienes suben son casi sin excepción gente con pasaporte poderoso, familia que presiona públicamente y partido que emite comunicado en horas. Ningún albañil común y corriente puede tomarse tres semanas para navegar en solidaridad con nadie. Ellos tienen problemas más inmediatos, más reales, y nadie organiza nada por ellos porque el progresismo hace mucho que los declaró fachos y los borró de su mapa.
Y aquí hay una pregunta que el postureo progre nunca se ha hecho: ¿por qué hay flotilla para Gaza y no para otros pueblos oprimidos?
La respuesta tiene varias capas incómodas.
Palestina lleva décadas construyendo una infraestructura representativa en Occidente. Tiene intelectuales, literatos, cineastas, voceros y activistas que hablan el lenguaje del poder con fluidez. Tiene un antagonista occidental (el colonialismo, el imperialismo, el sionismo) y por tanto, legible para la crítica occidental.
Y tiene la virtud política más conveniente de todas: apoyar su causa no te cuesta absolutamente nada.
Puedes marchar por Gaza con el celular en la mano, hecho con cobalto de minas del Congo donde trabajan niños. Puedes ir con la kufiya al cuello y luego ir a almorzar el pescado capturado por flotas europeas que destruyen las costas de Senegal. Puedes llorar la opresión sin revisar una sola vez en qué condiciones vive la vecina que trabaja de nana. Gaza te permite ser radical a distancia segura.
El pueblo mapuche, los beluches en Pakistán, los miskitos en Nicaragua masacrados por el gobierno de Ortega, no tienen esa comodidad. Sus causas tienen costos políticos reales, implican enfrentar poderes cercanos, incomodar gobiernos propios, renunciar a algo concreto. Por eso no hay una flotilla para ellos.
Los palestinos en todo esto son la foto del titular y el argumento del epígrafe. Su sufrimiento es el combustible de una maquinaria que produce principalmente contenido sobre sí misma. Cada intercepción genera horas de cobertura sobre los activistas detenidos, sus familias entrevistadas, sus compañeros indignados en cámara, y sus caras todos los días en redes. Gaza aparece en el encabezado y desaparece a los dos minutos.
Y sin embargo Chanfreau no es el primer chileno que Israel «secuestró» en este tongo. En octubre de 2025, María Rodríguez y Lorena Delgado, dos chilenas viviendo en Estocolmo, fueron interceptadas en aguas internacionales, encanadas en pleno desierto del Néguev y deportadas días después. Sin comunicado, sin tarima, sin fotito en el matinal. Pasaron piola porque no tenían lo que hace falta para que le duela a alguien: ni cargo, ni apellido, ni historia familiar que vender. Hicieron exactamente lo mismo que Chanfreau y la sociedad las ninguneó.
Mientras él grababa sus video en el Mediterráneo, en Gaza morían personas cuyo nombre nadie conoce ni conocerá. Porque no tienen diáspora articulada, no tienen partidos que emitan comunicados, no tienen pasaportes que negocien su liberación, y por lo mismo, no tienen fecha de término, sino de defunción.
El pueblo palestino merece algo mejor que ser la excusa de quienes nunca van a llegar.